La infección de la herida
En general, una herida reciente es propensa a producir infecciones. Con la progresiva organización de los mecanismos de defensa disminuye el peligro de infección, de tal modo que una herida que posea un tejido de granulación bien vascularizado puede ya oponer una considerable resistencia a los agentes patógenos. Incluso las heridas crónicas antiguas muestran, según la experiencia, poca propensión a producir infecciones. A pesar de ello, mientras la herida no se encuentre protegida por un tejido epitelial cerrado, permanecerá latente el riesgo de infección.
Algunas causas de infección
Las células y substancias que tienen importancia en la defensa local y en la elaboración de anticuerpos, así como también el oxígeno necesario para llevar a cabo la fagocitosis, sólo pueden ser transportados a la zona de la herida si funciona correctamente la irrigación sanguínea. Es por ello que la disminución o la falta de irrigación sanguínea de la zona de la herida eleva considerablemente el riesgo de infección.
El tejido necrótico no irrigado representa a la vez un medio de cultivo ideal para las bacterias. Todas las heridas de origen traumático con contusiones, desgarros y cámaras húmedas presentan, por lo tanto, un gran riesgo de contraer una infección.
En los tratamientos de este tipo de heridas se parte ya desde un principio de una infección, para que de ese modo se pueda alcanzar con la debida antelación un estado «de pulcritud» de la herida por medio de una escisión que abarque toda la herida. Ha de considerarse la posibilidad que bajo las capas de necrosis cerradas, como por ejemplo es el caso típico en las úlceras por decúbito, pueda hallarse una infección, la cual puede extenderse hacia los estratos de tejidos internos y conducir a que se desarrolle una osteomielitis.


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